sábado, 14 de diciembre de 2013

NOSOTROS O ELLOS Nº 63

EL IMPERIALISMO Y SUS GUERRAS: LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL (8)

La primera ofensiva de los “aliados” en el pacífico se produce el 1º de febrero de 1944 con el desembarco en las islas Marshall, desembarco que abarca las Marianas y las Micronesias. La segunda ofensiva se produce el 10 de octubre con el desembarco en Filipinas.

Mientras, en China, Chiang Kai-shek y el Kunmimgtang, con el respaldo de los EEUU, combatía más a los comunistas que a los japoneses invasores. Ello permitió que el ejército nipón ingresara a China ocupando un territorio, en 1944, de dos millones de kilómetros cuadrados y 60 millones de habitantes. Cuando el Kunmimgtang reacciona y trata de defender ese territorio, es tarde y pierde 700 mil soldados.

Pero lo que detuvo el avance imperial fue la resistencia del pueblo chino, que organizado por los comunistas, obligan a los japoneses a concentrar en ese territorio el 35% de todas sus fuerzas terrestres. A fines de 1944 Japón apelaba a sus reservas estratégicas de Corea, Manchurria y la China ocupada para mantener activo a su ejército de 5 millones de soldados y oficiales.

Los japoneses debieron concentrar sus esfuerzos en China, debilitando su presencia en el Pacífico. En esa área, el 1º de enero del 45 la relación de fuerzas era 1,5 soldado anglo-norteamericano por cada soldado japonés, 5 aviones “aliados” por cada nipón y seis unidades navales por cada unidad de los japoneses. Además, cada vez operaban con más audacia las guerrillas, en particular, las filipinas. A mediados de mayo del 45, en filipinas ya no había resistencia nipona.

El 26 de julio, EEUU, Inglaterra y la China de Chiang Kai-shek le exigen a Japón la rendición incondicional. La URSS no participa pues no hasta ese momento no se encontraba en guerra contra el Japón.

Un Japón que no se rendía y que llevó a Churchill estimar que la guerra no finalizaría antes de 1947. Las acciones “aliadas” contra los japoneses se limitaban a combates navales y bombardeos aéreos de islas del pacífico. Así nunca terminará la guerra, afirmaba.

La Unión Soviética evaluó que Japón, que había apoyado al ejército nazi, era la única gran potencia que continuaba la guerra y que, para que la misma tenga fin, había que derrotarlo.

Para ello estaban preparando al ejército y la marina y se lo hacen conocer a los “aliados”. Ante el inminente ingreso de la URSS, los “aliados” resuelven anticiparse y lanzan las bombas atómicas sobre indefensas ciudades civiles: el 6 de agosto sobre Hiroshima y el 9 sobre Nagasaki. Algunos datos informan que la primera bomba mató 306.545 civiles. Los yanquis no querían encontrarse con los soviéticos en Tokio, como lo debieron hacer en Berlín. La bomba debía acelerar la rendición, pero en realidad la criminal bomba contenía otro mensaje: “Moscú, te puede pasar lo mismo”.

El 9 de agosto la URSS le declara la guerra a Japón y ese mismo día comenzó la ofensiva de las tropas soviéticas, que se venían preparando semanas antes, contra la mayor concentración del ejército nipón. Simultáneamente, la flota soviética le corta las comunicaciones por mar.

Los yanquis habían dado el criminal golpe con las bombas atómicas argumentando, ante la opinión pública mundial, que con ello la guerra se acabaría y miles de vidas se salvarían. Argumento por demás hipócrita, pues sí se habrían ahorrado millones de vida si hubiesen abierto el segundo frente europeo dos años antes de lo que lo hicieron, especulando mientras tanto que todo el costo, que todo el precio, lo paguen los soviéticos y los patriotas revolucionarios que ofrendaban sus vidas.

El Japón no se rinde por las bombas arrojadas por los criminales yanquis. Ello es falso. Japón continúa la guerra contra las tropas chinas y, ahora, contra las tropas soviéticas.

Las fuerzas regulares chinas que dirigía el Partido Comunista contaban con 910 mil hombres y las milicias populares la integraban 2 millones doscientos mil miembros. Sostuvieron decenas de combates donde los japoneses pierden 960 mil soldados siendo capturados otros 280 mil. Las fuerzas regulares Chinas recuperan enormes territorios llegando a las proximidades de Pequín. Esas mismas fuerzas derrotarán al ejército de Chiang Kai-shek y el 1º de octubre de 1949 crearán la República Popular China, la China Comunista.

A la vez, el ejército rojo, en pocos días, arrolla al ejército nipón. El 1º de septiembre de 1945, casi un mes después de arrojadas las bombas atómicas, las unidades del ejército de Kuantung se rinden ante el mando soviético cayendo prisioneros 600 mil hombres. Ese hecho marca el fin de Japón.

Un Japón que hasta último momento negoció con los EEUU e Inglaterra una rendición sólo frente a ellos y (al igual que los alemanes) se comprometió a continuar la guerra contra la URSS y los comunistas chinos.

Solo unos meses atrás, a fines de mayo del 45, Churchill había ordenado a Montgomery “recoger minuciosamente el armamento alemán, y almacenarlo de tal forma que se pueda repartir fácilmente entre los soldados alemanes, con los que tendrían que cooperar si la ofensiva soviética continuaba”.

Un breve resumen:

Desde que se produce el primer “foco”, cuando Japón invade China en septiembre de 1931 hasta 2 de septiembre de 1945 que se considera el fin de la guerra y la derrota del fascismo han transcurrido 14 años. Aunque el inicio de la segunda guerra mundial es señalada el 1º de septiembre de 1939 con la invasión alemana a Polonia (desde ese punto de partida han transcurrido seis años).

De los 34 millones de muertos, 22 millones eran ciudadanos soviéticos. De los 28 millones de mutilados, 12 eran soviéticos.

De los 22 millones de soviéticos muertos, casi cinco millones eran cuadros revolucionarios del Partido Comunista y de sus organizaciones de base.  De los mutilados casi seis millones eran cuadros y militantes por la construcción del socialismo y por la defensa de la Patria Grande.

¡Cuántas vidas humanas segaron el nazi fascismo y la avidez de los monopolios!

¡Qué enorme precio pagaron gobierno y pueblo soviético para que el mundo se libere de ese monstruo!

Un nazi fascismo que fue derrotado, pero no eliminado. Los continuadores de la muerte, los herederos del fascismo, anunciaron su presencia con mucha anticipación, lo hicieron antes que finalizara el conflicto, lo hicieron los días del 6 y 9 de agosto de 1945, inaugurando, en esos días, dos nuevos hornos de exterminio, perfeccionados. Dos hornos altamente eficientes, hornos que poseen la propiedad de matar a miles y de seguir matando a otros miles, aún cuando se hayan apagado.

El capitalismo, el imperialismo, el “padre de la civilización”, el “padre de la democracia” hizo la presentación de esos hornos en Hiroshima y Nagasaki. Y anunció que posee muchos, cientos, miles. Y –remarcan- son mil veces más potentes. Y anuncian que están dispuestos a usarlos.

Hemos recorrido las dos guerras interimperialistas donde la muerte, la desesperación, el terror se manifestó con toda crudeza.

Hemos tratado de explicar que las guerras nada tuvieron que ver con los pueblos. Fueron enfrentamientos creados por los distintos grupos monopolistas en busca de los espacios de dominio con que no contaban pues otros imperialistas se habían anticipado y habían tomado como propiedad  y bajo su influencia todo el planeta hasta que se inicia la primera guerra mundial y comienza el re-reparto.

Hemos tratado de recorrer la parte menos divulgada de estas guerras, la parte que se oculta, la parte donde los llamados “aliados” conspiran permanentemente, durante esos 14 años, o más específicamente, en los últimos 6 años, junto con los fascistas, haciendo negocios con la muerte de millones de seres humanos, para que se destruya, en primer lugar, lo que consideraban más peligroso: un país socialista que crecía y demostraba a los trabajadores del mundo de que son ellos y no sus apropiadores los que deben gobernar el planeta.

Hemos mostrado la falsedad y carencia de principios de los personeros de los monopolios, dispuestos siempre a mentir, a engañar, a fabular y a crearse teorías perversas para “justificar” acciones aún más perversas como son arrojar bombas atómicas sobre ciudades donde solo había civiles, en particular niños, mujeres y ancianos.

El imperialismo, esa etapa superior del capitalismo que señaláramos en números anteriores, es una máquina de destruir vida. Todo tipo de vida, comenzando con la humana y arrasando con el planeta.

Nadie que posea cabeza y no sea como adorno, puede desconocer que si nos mantenemos dentro de este sistema no hay futuro para la humanidad. Que la vida de nuestros hijos y luego de nuestros nietos se va a convertir en un infierno mayor al que hoy asesina a 28 mil niños por día y deja a los pobres que sobreviven en estado deplorable físico-mental.

Un mundo con 7 mil millones de habitantes, que produce hoy alimentos para 9 mil millones de seres humanos y cuenta con 2 mil millones que no reciben las calorías necesarias para crecer, no es de humanos. Y es ingenuo creer que quienes han llevado la humanidad a ese nivel son la solución.

La tarea de todo hombre y mujer de bien es luchar para que la humanidad sobreviva, luchar para salir de la prehistoria, luchar para construir un mundo donde la solidaridad y la hermandad reemplacen a la indiferencia y la codicia. Luchar por la paz y por la justicia social.

Dentro del capitalismo ese mundo no es posible. Dentro del capitalismo no hay paz ni hay justicia.

Oscar Natalichio
Centro de Investigaciones Económicas y Sociales (CIEYS)
12/12/2013

  


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